“Estás ivitado” 


family parkLleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma. Mateo 11:29

A todos nos complace saber que hemos sido invitados a una fiesta. Generalmente recibimos una invitación con la fecha, hora y lugar donde se llevará a cabo, y cuando llega el día hacia allá vamos. Pero hay una fiesta, que durará por la eternidad, a la cual todos están invitados en forma permanente. Cristo es quien nos extiende la invitación diariamente a caminar con él hacia esa fiesta maravillosa que tiene preparada para todos los que confían en él.

Aun cuando muchos rechazan esa invitación, Jesús, en su amor, sigue insistiendo, ofreciéndonos la oportunidad de participar con él en la fiesta celestial. Tú también estás invitado a seguir a Jesús. Es gracias a que él entregó su vida por nosotros, que recibimos el perdón de los pecados y la vida eterna. Él pagó un precio muy alto para que pudiéramos entrar a la fiesta que nos espera después de la muerte terrenal. No dejes de lado tan importante invitación.

ORACIÓN: Señor Jesús, gracias porque me invitas diariamente a seguir contigo en dirección a la vida eterna. Ayúdame a compartir tu invitación con otras personas. Amén.

 

A cierta edad…


 

 

Dicen algunos que a cierta edad, después de los cuarenta, nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina, y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que sólo cabe el ímpetu de los años jóvenes.

Yo no sé si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca como hoy fui tan consciente de mi existencia, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfruté tanto de cada momento como ahora. 

Ahora se que no soy la princesa del cuento de hadas y que no necesito que me venga a salvar un príncipe azul en su caballo blanco, por que ni soy una princesa, ni vivo en una torre, ni tengo a un dragón que me esté custodiando. 

Hoy me reconozco mujer, capaz de amar. Se que puedo dar sin pedir, pero también se que no tengo que hacer nada, ni dar nada que no me haga sentir bien. Por fin descubrí al ser humano que sencillamente soy, con sus miserias y sus grandezas. 

Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar  llena de defectos, de tener debilidades, y de equivocarme, de no responder a las expectativas de los demás y hasta de hacer algunas cosas indebidas y a pesar de ello, sentirme bien.  

Y por si fuera poco, saberme querida por muchas personas que me respetan y me quieren por lo que soy, si, así un poco loca, mandona y muchas veces terca. Pero también cariñosa, tierna, mimosa y a veces algo triste, por que también tengo mis momentos tristes, esos en que pongo mi cara larga con un aire nostálgico y me da por llorar. 

Cuando me miro al espejo ya no busco a la que fui en el pasado, sonrío a la que soy hoy, me alegro del camino andado, y asumo mis errores.  ¡Qué bien no sentir ese desosiego permanente que produce correr tras los sueños!¡Que bien! Ya aprendí a tener paciencia, aunque reconozco que me costo un poco madurar. Hoy sé, por ejemplo, que no puedo retener el mar, aunque cuando estoy en la playa no quisiera dejarlo nunca.

Así que lo contemplo, me lleno de ese momento único y cuando llega el momento de partir, simplemente me despido diciéndole. ¡Hasta pronto!  También hoy sé que mis amigos y amigas son peregrinos del mismo camino, y que en cualquier momento en el que nos encontremos, nos seguiremos queriendo. 

Hoy sé que nadie es responsable de mi felicidad, solo yo.  Hoy sé que el viento extiende sus brazos cuando camino por la calle y que solo depende de mí sentirlo. Hoy sé que la vida es bella… Porque la he visto partir ya muchas veces. 

Hoy vivo la vida así como es, bonita con sus idas y venidas, con sus amores y desamores, con sus ratos de marea baja, con sus puestas de sol, con su ruido incesante.Sólo quiero dejarla correr, sin pedirle nada. Sólo quiero tener lo que yo me busque, sólo quiero lo que yo merezca.   

«Hoy se que no soy una mujer invisible, porque Dios siempre está en mi camino »?

 

 

“Pidamos perdón”


 

CPTLN Jesus illustrationPerdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Mateo 6:12

Con corazón sincero nos acercamos hoy a nuestro Padre celestial para pedirle que no tome en cuenta nuestros pecados, ni que por causa de ellos nos niegue lo que le pedimos. Reconocemos que a diario pecamos mucho, por lo que no merecemos más que su castigo. Sin embargo, le pedimos al Padre en el cielo que no mire nuestras fallas ni las tome en cuenta, sino que, por el sacrificio de Cristo por nosotros, nos conceda nuestras peticiones.

A su vez nosotros también, movidos por el amor y sacrificio de Cristo, perdonaremos de corazón a los demás, y haremos el bien a todos los que pequen contra nosotros.

ORACIÓN: Querido Dios, te doy gracias porque me amas a pesar de mis errores y fallas.  Ayúdame a creer siempre en tus promesas, hasta la vida eterna. Amén.

 

“No nos metas en tentación”


CPTLN youngstudents.jpgNo nos metas en tentación, sino líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Mateo 6:13

En realidad, Dios no tienta a nadie. Pero aquí le estamos pidiendo que nos guarde y preserve, de modo que el diablo, el mundo y nuestra carne, no nos engañen ni seduzcan a creer en cosas erróneas, a caer en desesperación y otros vicios y afrentas y que, si fuéramos tentados a ello, venzamos y obtengamos la victoria.

Existen dos clases de tentaciones: la tentación a lo bueno, y la tentación a lo malo. La tentación a lo bueno es cuando Dios prueba a sus hijos para purificarles y fortalecerles en la fe. La tentación a lo malo es cuando el diablo, el mundo y nuestros propios deseos tratan de engañarnos y seducirnos a creer o hacer cosas que van en contra de la voluntad de Dios para nuestras vidas. La manera de no caer en estas tentaciones, es pidiendo la ayuda de nuestro Padre celestial.

ORACIÓN: Dios Padre, te necesito para poder vencer y superar las tentaciones que enfrento cada día, y así ser fiel a tu voluntad hasta el fin. Ayúdame, Señor, por Jesucristo. Amén.

 

¿De qué te jactas?



 TEXTO: 1 Corintios 1:27-31

“Dios eligió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo, para avergonzar a lo fuerte. También Dios escogió lo vil del mundo y lo menospreciado, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie pueda jactarse en su presencia. Pero gracias a Dios ustedes ahora son de Cristo Jesús, a quien Dios ha constituido como nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención, para que se cumpla lo que está escrito: ´El que se gloría, que se gloríe en el Señor´”.

Hoy quiero jactarme un poco con ustedes. ¿Se animan a hacerlo conmigo? ¿O hay algo dentro de sus corazones que les causa una cierta resistencia? Si es así, no se preocupen. Creo saber bien lo que sienten. Es que, para quienes somos cristianos, la palabra “jactarse” nos resulta difícil de aceptar y utilizar, y para ello tenemos una buena razón.

Porque, en general, la jactancia es el resultado visible de un sentimiento negativo, usualmente de orgullo. Cuando las personas se jactan, por lo general se jactan de sí mismos, de sus logros, de sus posesiones, o de su reputación. Tal jactancia no bendice a los demás, sino que los humilla. Hay otras personas que se jactan de Jesús, pero en realidad a veces me parece que se jactan de sí mismos. Son los que dicen cosas como: “Estoy muy agradecido porque Jesucristo me ha bendecido. He estado leyendo fielmente su Palabra, participando con regularidad de la iglesia, dando el diezmo con alegría… y él realmente me ha bendecido”. ¿No les parece que suena mucho a “yo, yo, yo”, y muy poco a Jesús?

Esto me recuerda la historia bíblica de aquel hombre que confiaba en su propia justicia, y menospreciaba a los demás. Su ‘oración interior’, era: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás…”. Los cristianos entendemos lo fácil que es caer en ese pecado, por eso confesamos a diario nuestros pecados a Dios, y ponemos nuestra esperanza sólo en la obra de nuestro Señor Jesucristo.

El tema es que una vida segura en Cristo es una vida que también sabe cómo jactarse sólo de Cristo. Sin embargo, en esto somos más reticentes de lo que deberíamos. En esto, nuestra humildad puede ser uno de nuestros mayores defectos. Aquí es cuando debemos superar nuestro temor a ser presumidos, y decir: “Señor, ayúdame a ser un mejor mensajero tuyo para los demás”.

A pesar de saber que esto encierra mucha jactancia, en el texto para hoy Pablo nos dice con toda claridad: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Pensemos por unos momentos en el fútbol. Todos tenemos nuestro equipo favorito, ¿no es cierto? Pregunto: ¿alguna vez te han tenido que animar o alentar para que te jactaras de tu equipo, o lo haces naturalmente, sin que nadie te diga nada? Haz la prueba: pregúntale a uno de tus amigos de qué equipo es hincha, e inmediatamente te dirá que su equipo es el mejor, quiénes son sus jugadores, y por qué cree que va a ganar este año.

De hecho, debido a la lealtad de los hinchas, la industria del deporte cada año invierte -y gana- millones de dólares. ¿Por qué? Porque los hinchas compran camisetas con el nombre y número de su jugador favorito, revistas deportivas que publican fotos de su equipo, y siguen todas las noticias que atañen a su equipo, porque no quieren perderse nada de lo que con él sucede… si van a vender o comprar jugadores, si van a cambiar o no de entrenador. En fin, están siempre al día con las noticias porque están orgullosos de su equipo, y no pueden esperar para contárselo a quien les pregunte.

Lo que quiero decir con todo esto, es que no hay que animarlos a jactarse de su equipo, porque están orgullosos -ganen o pierdan- de ser parte de esa tradición.

Creo que de este ejemplo podemos aprender algo. No estoy hablando sobre la impetuosidad del fanático moderno en deportes, ni sobre la necedad de estar orgulloso de algo tan pasajero como un partido. Estoy hablando sobre la “facilidad” de compartir con otros aquello de lo cual uno está muy orgulloso.

Nosotros debemos tratar de compartir de esa manera, incluso de jactarnos. Porque tenemos un desafío: somos enviados en medio de personas que se jactan de equipos, empresas, países, hasta de personas jactanciosas, con la misión de decirles que hay una cosa en la vida de la que realmente vale la pena jactarse. Es la única cosa que hace que valgan la pena jugar todos los partidos, vivir la vida, y amar a las personas. ¡Si tú crees en Jesucristo, formas parte del pueblo de Jesús bendecido y perdonado, pueblo que vive gracias a la bondad inmerecida de Dios por amor a Jesucristo!

Como dice Pablo en el texto para hoy: “Dios eligió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo, para avergonzar a lo fuerte. También Dios escogió lo vil del mundo y lo menospreciado, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie pueda jactarse en su presencia. Pero gracias a Dios ustedes ahora son de Cristo Jesús, a quien Dios ha constituido como nuestra sabiduría, nuestra justificación, nuestra santificación y nuestra redención, para que se cumpla lo que está escrito: ´El que se gloría, que se gloríe en el Señor´”.

Para ver cuán grande es nuestra jactancia en el Señor, debemos darnos cuenta que antes estábamos apartados de él. Pablo dice que pocos de esos cristianos en la ciudad de Corinto eran influyentes, según los valores del mundo. Podemos ser igual de honestos, y decir: “Nosotros tampoco”. Pero tal cosa sería ilógica, ¿no? Lo lógico sería que Dios escogiera personas importantes para llevar adelante su obra. En otras palabras: ¿a quién se le ocurriría comenzar un movimiento para cambiar el mundo utilizando a los menospreciados, los excluidos, los que no tienen voz? Sin embargo, eso es exactamente lo que hace Dios. Desde el punto de vista bíblico, Dios salva a los “Don nadies”… Dios convierte a los “Don nadies” en “alguien”.

Abraham Lincoln dijo: “A Dios le deben encantar las personas comunes, ya que hizo muchas”. Yo más bien diría: “A Dios le deben encantar las personas comunes, ya que hizo el plan de salvación tan simple, que hasta los niños pueden entenderlo”.

Dios no llama a las personas acreditadas, sino más bien acredita a los que llama. Y lo hizo así con un propósito: para demostrar que su mensaje de salvación es solamente obra suya. Si sólo necesitáramos más educación, más compromiso con la moral, más confianza, etc., no habría necesidad de la cruz de Cristo.

Estamos en un mundo jactancioso que falsamente nos enseña a jactarnos de nosotros mismos aunque no tengamos nada de qué jactarnos. Y si vamos a hacer bien esto de “jactarnos”, Pablo dice que primero vamos a tener que tratar con nuestro orgullo, porque no somos el ‘rey de la selva’.

Había una vez un león arrogante al que le gustaba jactarse de su posición en la cadena alimenticia. Sabiendo muy bien el terror que causaba a los otros animales, un día se le acercó a un mono, y le rugió: “¿Quién es el rey de la selva?” U-u-u-usted, señor León”, le dijo el mono con voz atemorizada. Satisfecho, el león se encontró con una cebra, y le hizo la misma pregunta: “¿Quién es el rey de la selva?” “Sin ninguna duda, usted, señor León”, dijo la cebra. Cuando una tortuga se cruzó en su camino, el león rugió: “¿Quién es el rey de la selva?” Muerta de miedo, la tortuga salió de su caparazón y dijo: “U-u-usted, señor León. Usted es el rey de la selva”. No pasó mucho tiempo hasta que el león se topó con un elefante y, sin más ni más, le hizo la misma pregunta: “¿Quién es el rey de la selva?” Entonces, utilizando su trompa, el elefante agarró al león por la cola, lo hizo girar varias veces por el aire, lo revolcó en un charco de lodo, y finalmente lo arrojó contra un árbol. Sucio, desorientado, dolorido y aturdido, el león dijo: “¡Aun cuando no supieras la respuesta correcta, no tenías por qué enojarte”!

Pablo nos alienta a que no seamos tan orgullosos, como para no lograr ver las cosas como realmente son. Mírate a ti mismo honestamente, y aprende a jactarte. Pero no de ti mismo, ni de tus obras, ni de tus triunfos, sino de nuestro Dios que nos ama y que también ama al mundo en el cual vivimos. Porque gracias a él, somos de Jesucristo, quien es la sabiduría de Dios para nosotros, nuestra justicia, santidad y redención. ¡Que el que se gloría, se gloríe en el Señor!

Los cristianos miramos a Cristo con admiración. Él no es solamente un maestro. Él es el Dios vivo que se hizo hombre por nosotros. Jesús nunca pidió perdón, sino que siempre lo dio. Nunca pidió consejo, sino siempre lo dio. Nunca justificó su comportamiento ante otros, sino que los llamó a la fe. Nunca pidió nada para sí mismo, pero lo dio todo para todos. La iglesia, tú y yo, no podemos hacer nada por nosotros mismos ni por otros, hasta que el Salvador no nos deja completamente admirados.

Pablo dice que Jesús se ha convertido en nuestra justicia, santificación y redención. Jesús es el centro de todo en la vida: de lo bueno, lo sabio, lo milagroso, de las bendiciones. Los cristianos no necesitamos jugar juegos religiosos con Dios, porque Cristo ha pagado el precio para reconciliarnos con él. No necesitamos fingir santidad ni justicia porque, a pesar de nosotros mismos, Cristo nos cubre con toda la bondad de Dios. Hasta la vida cristiana, vivida en su nombre para los demás, es un don. Él nos da la fuerza, los recursos, y el poder para amar a otros. ¿Cómo? Amándonos.

¡Todo lo que los cristianos tenemos para jactarnos es Jesús, y lo que Dios ha hecho por nosotros en él! ¡Y no necesitamos nada más!

A veces nuestro mejor testimonio es examinar nuevamente lo que ha significado nuestra fe en Jesús en las pruebas, tentaciones, éxitos y fracasos de nuestras vidas. ¡Nuestra esperanza está siempre en el poder de su cruz, que es la certeza de su presencia en nuestras vidas!

Cuando nuestras vidas están hechas un desastre, su presencia redentora nos estabiliza. Cuando las luchas nos abruman, su palabra dice: “Esto es temporal, sólo por un tiempo”. “Yo estoy contigo”. Cuando la desesperación nos abruma, su cruz nos llama a la esperanza. ¡La cruz de Jesús hace frente a las pruebas eternas y diarias de la vida!
De hecho, el mensaje de la cruz, el poder fundamental de la cruz, hace frente a todos los desafíos. Incluso cuando nos abandonan nuestras fuerzas, el amor misericordioso de nuestro Salvador es suficientemente fuerte para sostenernos. Nada en este mundo nos separará nunca del amor de Dios en Jesucristo.

Nunca he ido a Italia, pero un día me gustaría ir. Las fotos son hermosas, especialmente las de los canales de Venecia. Se dice que sus cimientos son de una madera que se vuelve más dura con los años. Son cimientos duraderos. El agua que corre sobre ellos todos los años, con su poder erosivo, penetrante y corrosivo, no debilita la madera. Los cimientos están bien firmes.

El cimiento de nuestra esperanza, nuestro gozo y nuestra vida, está puesto en una cruz de madera que fue enterrada en el monte del Calvario. Esa madera es como una roca. Es el cimiento de Dios que se vuelve más fuerte con los años. Está a la altura del desafío de toda tentación, de toda prueba, en toda época. Si quieres jactarte de algo que se mantenga, jáctate de él y de lo que ha hecho no sólo por ti, sino por todos.

Dios nos ha regalado el don de ser su pueblo santo. En medio de la constante lucha con el pecado y la tentación, seguimos siendo pecadores salvos por gracia que crecemos hacia la estatura de Cristo gracias a su Espíritu y su Palabra. Toda dignidad y santidad es un regalo de Dios en Cristo.

Un famoso pastor, dijo: “El mensaje del cristianismo es magnífico, pero sus mensajeros no. Por lo tanto, la razón por la cual quizás Dios no está usándote en estos momentos puede no tener nada que ver con que seas débil… Por el contrario, quizás no seas suficientemente débil”. Porque cuando somos débiles, ponemos toda nuestra confianza en él.

Debes saber que Dios puede usar incluso nuestra debilidad para mostrar su fortaleza a otros. Por ello es que nos gloriamos en nuestra debilidad y no en nuestra maldad, para que otros puedan ver la gloria de la gracia de Dios no sólo en nosotros, por nosotros, y con nosotros, sino también a través de nosotros para ellos.

Pablo nunca olvidó que él también, antes, había sido enemigo de Cristo. Eso le ayudó a depositar toda su confianza en Jesús, y a mirar a los demás a través de los ojos de Cristo. Entendiéndolo correctamente, los cristianos somos solidarios con este mundo. El pecado no está solo allá afuera; también está en nuestros corazones. Y si la redención sucede en nuestras vidas, también puede suceder allá afuera en el mundo. Esto significa que podemos tener compasión por las personas, aunque sus luchas sean diferentes a las nuestras. Podemos ser firmes y clementes, así como Cristo nos llama a la santidad y luego nos regala ese don. Podemos tenerles paciencia a los demás, así como Jesús nos tiene paciencia a nosotros.

Podemos vivir nuestra vida como el pueblo santo de Jesús, para que otros puedan también ver su vida en Jesús. Cuando reconocemos y admiramos todo lo que Cristo hizo por nosotros, cada día nos volvemos más como él… y ayudamos a que muchos más también puedan conocer a Jesús. Esto significa que podemos ver potencial en todas las personas cuando, por fe, se conectan con Dios. De hecho, cuando nos “jactamos de Cristo”, somos enviados a este mundo como agentes de su ánimo y aliento. Tenemos un Salvador que ha hecho bien todas las cosas, cuya Palabra y promesa son lo más cierto en nuestra vida… y eso hay que compartirlo y revelarlo a los demás.

A veces todo lo que hace falta para que la vida de alguien cambie, es la palabra justa dicha por la persona indicada, en el momento justo.

Una vez, un anciano se acercó a Dante Rossetti, el famoso poeta y artista del siglo 19. El hombre tenía algunos bocetos y dibujos que quería que Rossetti mirara y le dijera si eran buenos o si, al menos, revelaban talento en potencia. Los dibujos no mostraban ningún talento, pero Rossetti era un hombre cortés, por lo que le dijo al anciano, lo más amablemente posible, que las ilustraciones no tenían mucho valor y que mostraban poco talento. Por más que le daba pena, no podía mentirle.

El visitante estaba desilusionado, pero parecía que, de alguna manera, la opinión de Rossetti no le había sorprendido. Después de disculparse por quitarle tiempo, le pidió que mirara otros dibujos, hechos por un joven estudiante de arte. Rossetti miró el segundo grupo de bocetos e, inmediatamente, se mostró entusiasmado por el talento que revelaban. “Estos sí son buenos”, dijo. “Este joven tiene gran talento. Se le debe ayudar y alentar en su carrera como artista porque, si trabaja duro y persevera, le espera un gran futuro.”

Rossetti pudo ver que el anciano estaba profundamente conmovido. “¿Quién es este joven artista?”, le preguntó. “¿Su hijo?”

“No”, dijo tristemente el anciano. “Soy yo, hace 40 años. Ojalá hubiera oído antes su elogio, su aliento, y su desafío. Me desanimé demasiado rápido, y claudiqué.”

Por eso es que nos jactamos de Jesús. Porque queremos que por él, todas las personas se conviertan en aquello para lo que fueron creadas y redimidas. El propósito de jactarse en Jesús es mostrar a los demás que Jesús es inigualable, que su presencia nos da consuelo y fortaleza, que sus promesas son ciertas, y que el futuro que nos aguarda es brillante, porque él también está allí.

Vivir la vida cristiana es llevar la hermosura de las buenas nuevas de Jesús a las vidas de otros, bendiciendo a los demás con su aliento y fortaleza, y jactándonos en todo lo que Cristo es y ha hecho por nosotros.

Que Dios te llene con su gracia y te dé valor para que puedas jactarte de él para el bien de muchos. Por él tú eres de Cristo, quien se ha convertido en sabiduría, justicia, santidad, y redención de Dios para nosotros. Por lo tanto, como está escrito: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”. 

Si de alguna manera podemos ayudarte a jactarte en Cristo, comunícate con nosotros. Amén. 

“La Palabra de Dios trae alegría”


¿Y cómo predicarán si no son enviados? Como está escrito: ‘¡Cuán hermosa es la llegada de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!’ Romanos 10:15

La fe cristiana siempre ha sido y sigue siendo atacada de muchas y diferentes maneras. Muchos se burlan de la Biblia, ridiculizando sus historias y personas. Otros la ignoran y no quieren saber nada de ella, diciendo: “no tengo tiempo para tales cosas”. Y aún otros atacan la fe cristiana, cuestionando maliciosamente sus fundamentos.

No nos dejemos seducir por la mentira y por el desprecio. A través de tantos siglos, la Palabra de Dios se ha mantenido inalterable y firme, sus promesas se han cumplido, y su verdad sigue siendo la misma ayer, hoy y siempre. Damos gracias a Dios porque sólo él pudo haber inspirado una Palabra viva que nos trae vida.

ORACIÓN: Señor Dios, a través de tu Santa Palabra enséñame a confiar cada vez más en ti y amar a ti y a mi prójimo con todo fervor. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Revelación divina


TEXTO: Marcos 9:2-8
 

“Seis días después, Jesús se llevó aparte a Pedro, Jacobo y Juan. Los llevó a un monte alto, y allí se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos, como la nieve. ¡Nadie en este mundo que los lavara podría dejarlos tan blancos! Y se les aparecieron Elías y Moisés, y hablaban con Jesús. Pedro le dijo entonces a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres cobertizos; uno para ti, otro para Moisés, y otro para Elías.» Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados. En eso, vino una nube y les hizo sombra. Y desde la nube se oyó una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!» Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie; sólo Jesús estaba con ellos.» 

En el caos y la confusión del mundo moderno, en medio de todos los avances de la ciencia y la tecnología del siglo 21, la gente parece estar más desorientada que nunca con respecto a cómo encarar la vida.

Necesitamos una respuesta profunda y duradera, pero, ¿qué pasa cuando la respuesta es tan abrumadora que no podemos soportarla, o tan amplia que no podemos comprenderla? Según dice el periódico, Europa sigue tratando de solucionar el tema de las deudas adquiridas a lo largo de los años. Por todo el mundo siguen estallando guerras. Las consecuencias de todas estas cosas parecen estar más allá de nuestra comprensión, aun cuando todas esas deudas se logren pagar.

Pero la Biblia dice que hay un problema aún más grande: la culpa y el juicio que viene sobre todos nosotros por ser pecadores y rebelarnos contra Aquél que nos creó. Realmente el mal existe en cada corazón humano y no hay remedio, ni religioso ni secular, para este virus mortal.

El gran científico Albert Einstein dijo: “Es más fácil desnaturalizar el plutonio, que desnaturalizar el espíritu malvado del hombre”.

El tema que rodea los acontecimientos de la lectura para hoy tiene que ver con Jesús como Salvador. Pedro acababa de afirmar que Jesús era “el Cristo, el Hijo de Dios”, y Jesús acepta su afirmación, pero agrega que aun así él debe sufrir y morir para cumplir con la obra que había venido a hacer. Ese era el precio que estaba pendiente en la vida de Jesucristo en nuestra lectura: pagar la factura por la salvación de la humanidad pecadora. Esa es una factura que nadie puede pagar por sí mismo, a la vez que es un juicio del que nadie puede huir.

En el monte donde fue a orar, acompañado de algunos de sus discípulos, Jesús fue transfigurado. Literalmente sufrió una metamorfosis, o sea que su apariencia cambió drásticamente. Su divinidad “se dejó ver”. Pero, ¿por qué, con qué motivo?

Es que tanto esos discípulos, como todos los que creemos en Jesús, necesitamos saber una y otra vez quién es este Jesús, este Mesías sufriente, para poder confiar cada vez más en él, y para ser fortalecidos, especialmente esos primeros discípulos, para enfrentar los acontecimientos que estaban por suceder.

Leemos nuevamente el texto bíblico para hoy, del Evangelio de Marcos: “Seis días después, Jesús se llevó aparte a Pedro, Jacobo y Juan… y se transfiguró delante de ellos… Y se les aparecieron Elías y Moisés, y hablaban con Jesús… En eso, vino una nube… Y desde la nube se oyó una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!”

A veces nos resulta difícil comprender la profundidad a la cual Dios debe llegar para perdonar nuestro pecado y para, literalmente, rescatarnos para la vida eterna.

Un reto parecido tuvo el Dr. Christianson, profesor de religión, cuando dictaba el curso obligatorio sobre cristianismo en una pequeña universidad en los Estados Unidos. Todos los estudiantes debían tomar este curso sin importar la carrera que seguían. Aunque el profesor trataba de comunicar en su clase lo inigualable del evangelio, la mayoría de los estudiantes consideraba que su curso era aburrido. Simplemente, no entendían.

Un año, el profesor Christianson tuvo un alumno especial: Esteban, un estudiante de primer año, y el mejor de su clase. Esteban no sólo era popular y querido, sino que también era muy atractivo físicamente. Aunque estaba en primer año, era el centro delantero del equipo de fútbol.

El Dr. Christianson tuvo una idea: quizás este año, con la ayuda de Esteban, lograra que su clase entendiera lo que Cristo hizo por cada uno de nosotros. Así que un día, después de clase, le preguntó a Esteban cuántas flexiones podía hacer. Esteban le dijo que cada noche hacía alrededor de doscientas.

“Muy bien, dijo el profesor. ¿Crees que podrías aumentar a trescientas?”

“No sé”, le respondió Esteban. “Nunca he hecho trescientas seguidas.”

“No tienes que hacerlas todas seguidas”, le dijo el profesor, y continuó: “¿Crees poder hacerlas en clase, en series de diez?”

“Sí, creo que sí”, le contestó Esteban.

“Muy bien”, le dijo el profesor. “Necesito que lo hagas este viernes. Déjame explicarte lo que tengo en mente.”

El viernes Esteban llegó temprano a clase, y se sentó adelante de todos. Cuando la clase comenzó, el profesor sacó una caja de rosquillas. Eran de las mejores: glaseadas y rellenas de crema. Todos los alumnos estaban contentos porque era la última clase del viernes, y ya anticipaban el fin de semana.

El Dr. Christianson se dirigió a la primera chica de la primera fila y le preguntó: “Carina, ¿quieres una rosquilla?”

Carina dijo: “Sí.”

Entonces el Dr. Christianson lo miró a Esteban, y le preguntó: “Esteban, ¿harías diez flexiones para que Carina pueda recibir una rosquilla?”

“Claro”, dijo Esteban, y se fue al frente del salón, las hizo, y regresó a su lugar. El Dr. Christianson puso una rosquilla sobre el pupitre de Carina.

Luego el profesor se dirigió a José, el siguiente en la fila, y le preguntó: “José, ¿quieres una rosquilla?”

José dijo que sí, así que una vez más, el profesor le preguntó a Esteban si haría diez flexiones para que José recibiera una rosquilla. Esteban las hizo, y José recibió la rosquilla. Y así sucesivamente, fila a fila, Esteban fue haciendo diez flexiones para cada persona.

Cuando el Dr. Christianson llegó a Juan, que también era atleta, y le preguntó si quería una rosquilla, Juan le dijo: “Claro, pero ¿puedo hacer mis propias flexiones?”

El profesor le contestó: “No, las tiene que hacer Esteban.”

Entonces Juan dijo: “Bueno, entonces no quiero”.

El Dr. Christianson se encogió de hombros, luego se volteó hacia Esteban, y le preguntó:
“Esteban, ¿harías diez flexiones para que Juan reciba una rosquilla que no quiere?” Con perfecta obediencia, Esteban comenzó a hacer las diez flexiones.

Pero Juan protestó: “Pero, profesor, ¡yo dije que no quiero!”

A lo que el profesor contestó: “Éste es mi salón, mi clase, mis pupitres, y éstas son mis rosquillas. Si no la quieres, la puedes dejar sobre el pupitre”. Cuando Esteban hizo las diez flexiones, el profesor puso una rosquilla sobre el pupitre de Juan, y continuó.

A esa altura, Esteban había empezado a disminuir un poco la velocidad. Ya no se levantaba del suelo entre las series, porque estaba cansado. En su frente se podían ver pequeñas gotas de sudor. El profesor comenzó con la tercera fila, pero los estudiantes estaban empezando a enojarse.

Cuando le preguntó a Jenny si quería una rosquilla, ella dijo duramente: “No”.

Christianson se volteó hacia Esteban, y le dijo: “Esteban, ¿harías otras diez flexiones para que Jenny reciba una rosquilla que no quiere?” Esteban lo hizo, y Jenny recibió su rosquilla.

Para entonces, una creciente sensación de inquietud llenaba el salón. Los estudiantes comenzaron a decir que “No”, y cada vez eran más las rosquillas intactas sobre los pupitres. Por su parte, a Esteban las flexiones cada vez se le volvían más difíciles: sus brazos y frente estaban rojos del esfuerzo, y el sudor le empezaba a correr por su cara… y todo para que los estudiantes pudieran recibir la rosquilla y ser parte de la fiesta. Pero el profesor seguía, persona tras persona. Nadie iba a ser excluido.

Justo entonces sonó la campana. El profesor les dijo a los estudiantes que permanecieran en sus asientos. Otros miraban dentro del salón, y veían a Esteban haciendo flexiones, y a los demás recibiendo rosquillas. Un estudiante preguntó si podía entrar a ver lo que estaba pasando, y todos le dijeron que no, pero Esteban levantó la cabeza del piso y dijo que lo dejaran entrar.

El profesor Christianson le dijo: “¿Te das cuenta que si Roberto entra, tendrás que hacer diez flexiones por él?” Esteban le dijo que sí, y así lo hizo, y Roberto, un poco desconcertado, recibió su rosquilla.

Esto continuó hasta que todos los estudiantes, e incluso los visitantes, recibieron las “bendiciones del trabajo de Esteban”. Diez flexiones para cada persona, sin excusas, sin evasiones. Perfectas. Mientras los estudiantes miraban, Esteban dio lo mejor de sí por ellos. Sus brazos temblaban, su espalda tambaleaba, su cintura no se levantaba del piso, pero hizo diez flexiones perfectas por cada uno. El salón estaba en silencio; no había ningún ojo seco. 

Finalmente, el profesor llegó a Susana, la última estudiante, y le preguntó: “Susana, ¿quieres una rosquilla?” 

Susana empezó a llorar. “Dr. Christianson, ¿por qué no puedo ayudarlo?” 
Christianson dijo, también con lágrimas: “Porque Esteban tiene que hacerlo solo. Le he asignado esa tarea, y él es responsable de que todos tengan la oportunidad de recibir una rosquilla aunque no la quieran”. Esteban hizo diez flexiones, y Susana recibió su rosquilla. 

Cuando Esteban terminó lentamente su última flexión, habiendo logrado todo lo que se le había pedido, o sea, habiendo hecho 350 flexiones para que todos pudieran recibir el regalo que el profesor Christianson quería que recibieran, sus brazos se doblaron y cayó al piso. 

Entonces el profesor Christianson habló una última vez: “Cuando decidí hacer esta fiesta, miré mi libro de calificaciones. Esteban es el único que tiene calificaciones perfectas. Todos los demás han perdido un examen, faltado a alguna clase, o me han entregado un trabajo de calidad inferior. Esteban me dijo que en la práctica de fútbol, cuando un jugador falla, debe hacer flexiones. Yo le dije a él que ninguno de ustedes podía venir a mi fiesta a menos que él pagara el precio haciendo las flexiones que ustedes debían hacer. Él y yo hicimos un trato por el bien de ustedes: Esteban haría diez flexiones para que ustedes pudieran estar aquí.

Y este es un ejemplo insuficiente y trivial, comparado con la perfecta obediencia y sacrificio de Jesús en la cruz por ustedes quien, habiendo hecho todo lo que se le exigía por ustedes, entregó su vida.

Ese día, en esa clase, ese estudiante pagó el precio para que todos pudieran recibir una rosquilla y pudieran participar de la fiesta. Los estudiantes no se lo habían ganado, sólo Esteban lo había ganado con su puntaje perfecto. Pero, ¿notaron sus reacciones? Tristeza, confusión, agobio, incluso enojo. 

Los estudiantes no pudieron soportar el ver a alguien haciendo diez flexiones por una rosquilla. ¿Puedes imaginarte lo que esos discípulos de Jesús, los de la lectura para hoy, sintieron cuando vieron a Jesús colgando de la cruz por ellos? 

¿Y tú? ¿Comprendes lo que significa que necesitas el sacrificio del Hijo de Dios para vivir? ¿Comprendes el precio que Jesús pagó en la cruz para que tus pecados, tu culpa, y la inutilidad de tus mejores esfuerzos fueran transformados en perdón misericordioso, vida eterna, salvación, esperanza duradera, y paz? Ese es el arrepentimiento de la fe. La gloria de Jesús se manifiesta para darle seguridad a esos discípulos de quién es él. Para que cuando el peso del sufrimiento de Jesús los golpee, no los abrume ni los aplaste. Para que tengan la seguridad que, aun en medio de tan increíble sacrificio Dios los ama, y que la vida y la salvación de Cristo son suyas por su gracia. 

La gloria de Jesús se manifiesta y la voz de Dios Padre les asegura a esos discípulos, y a nosotros: “Este es mi hijo amado. ¡Escúchenlo!” ¡Qué momento! Imagínense a los discípulos viendo a Moisés y a Elías, las voces de Dios del Antiguo Testamento, y luego viendo a Jesús no sólo como hombre, sino como el Dios Hombre ante quien hasta Moisés y Elías se inclinaron y adoraron. Esa fue una experiencia cumbre que los sostuvo en los días de lucha y sufrimiento, y que hizo que confiaran más en Jesús, depositando su fe en él. 

Pero, pastor, ¿y nosotros qué? ¿Acaso no necesitamos nosotros también vivir una experiencia así? ¡Por supuesto que sí! Pero a la manera de Dios. Y Dios ha decidido mostrarnos no sólo un pedacito de gloria, como a los primeros discípulos, sino la gloria completa. Los discípulos recibieron mucha bendición ese día, pero quedaron confundidos. Jesús les dijo que no hablaran de lo que habían experimentado hasta después de su resurrección, y ellos dijeron: ‘¿Resurrección?, ¿qué es eso?’ 

Ellos sólo tuvieron una manifestación fugaz de la gloria de Dios, pero nosotros tenemos la plenitud de esa manifestación. Cada vez que abres la Palabra de Dios y lees lo que él ha hecho por ti, estás recibiendo esa manifestación plena de Dios que los primeros discípulos hubieran querido conocer. Años más tarde, el mismo Pedro escribió: “Contamos con la muy confiable palabra profética” (2 Pedro 1:19). 

Jesús no era un simple hombre: ¡era el hijo de Dios! Desde la primera promesa de Génesis, hasta su vida, muerte y resurrección, él tenía el control… incluso cuando iba hacia la cruz para sufrir el infierno en lugar tuyo y mío. ¡Sus caminos, sus palabras y promesas son verdad! Los discípulos apenas tuvieron un vistazo de la resurrección. Tú y yo tenemos la plenitud de su obra en la Biblia, donde leemos y aprendemos sobre el plan y la obra de Dios.

Cuando los cristianos escuchamos la Palabra de Dios y recibimos los dones del Bautismo y la Santa Cena en medio del trajín diario de esta vida, recibimos más que un simple vistazo del cielo: recibimos en nuestras vidas los beneficios de la obra culminada de Jesucristo. Es como si estuviéramos recibiendo el “abrazo de la gracia” de Dios que fortalece nuestro caminar con Jesucristo hasta que nos llame para estar con él para siempre.

A fin de año, Alicia viajaba sola por una escarpada carretera desde Alberta hasta la localidad de Whitehorse en la provincia de Yukón, Canadá. No tenía idea que a nadie se le ocurriría hacer ese camino, donde sólo se aventuran vehículos con tracción en las cuatro ruedas, en un Honda Civic todo destartalado, y sola. La primera noche encontró alojamiento en un hostal en las montañas. Pidió que la despertaran a las 5 de la mañana, para emprender el viaje temprano. Recién a la mañana siguiente, cuando se levantó y vio la niebla que envolvía la cima de la montaña, comprendió la sorpresa del recepcionista ante su solicitud. No queriendo parecer tonta, igual se preparó, desayunó, y siguió adelante con su plan. Dos camioneros la invitaron a sentarse con ellos y, como el lugar era tan pequeño, no tuvo más remedio que aceptar. “¿Para dónde vas?”, le preguntó uno de ellos. ‘A Whitehorse’, le respondió. “¿En ese auto pequeño? ¡De ninguna manera! Esta carretera es muy peligrosa en invierno”. “Pero estoy decidida a hacerlo”, fue la respuesta audaz, pero ignorante, de Alicia. “Entonces, vamos a tener que abrazarte”, sugirió el camionero. 

Alicia retrocedió. “¡De ninguna manera voy a dejar que me toquen!” “¡No así!”, se rieron los camioneros. “Vamos a poner un camión delante de ti y el otro detrás. Así te ayudaremos a pasar las montañas”. Y así, toda esa nublada mañana Alicia siguió los dos puntos rojos en frente de ella, y tuvo la seguridad de tener un escolta detrás. 

Este mundo está lleno de pozos y valles, de caminos rocosos y accidentados. Muchas veces nos quedamos atrapados en la niebla, o en cosas peores. Necesitamos ser “abrazados” con un abrazo eterno y duradero que nos sane, nos perdone, y nos guíe. En medio de los desafíos, los problemas y las luchas de la vida, debes saber que el Señor Jesús transfigurado y resucitado ha hecho todo por ti. 

Y cuando lees su Palabra, no sólo obtienes un vistazo, sino que recibes la plenitud de su gracia. Que esta Palabra, llena de su Espíritu, te abrace y te sostenga en su gracia. Que los dones de su Palabra y sus sacramentos te fortalezcan para que siempre recuerdes que puedes vivir valientemente en él, ahora y para siempre. 

“¿En quién creemos?”


Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán hasta tu santo monte, me conducirán hasta el templo donde habitas. Me acercaré entonces a tu altar, mi Dios, y allí, mi Dios, te alabaré al son del arpa, pues tú eres mi Dios, mi gozo y alegría. Salmo 43:3-4

¿Cuántas veces nos hemos despertado sintiéndonos débiles, agobiados, presionados por los problemas que se acumulan en el día a día? En esos momentos nos preguntamos: ¿Por qué estoy tan triste, tan afligido? La mayoría de las personas ya tuvo y aún tiene momentos así. ¿Qué podemos hacer? ¿Dónde podemos buscar ayuda?

Veamos la actitud del autor del Salmo 43 quien, encontrándose en la misma situación de tristeza y miedo, dijo:“Espera en Dios, porque aún debo alabarlo. ¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!” Eso es exactamente lo que debemos hacer: poner nuestra esperanza en Dios, pues solamente en él encontraremos fuerza, ánimo y coraje para enfrentar nuestros problemas. Dejemos que la Palabra de Dios nos convenza de que Jesucristo es nuestro Salvador y Dios.

ORACIÓN: Amado salvador Jesús, ayúdame a enfrentar la vida con la certeza de que siempre tendré tu compañía, tu amor y tu perdón. Fortalece mi confianza en ti, para que mi corazón se alegre y mis labios profesen que Jesús es mi Salvador y mi Dios. En el nombre de Jesús. Amén.

“Pondré mi esperanza en Dios”


Dios mío, ¡hazme justicia! ¡Defiéndeme! ¡Líbrame de gente impía, mentirosa e inicua!… ¿Por qué te desanimas, alma mía? ¿Por qué te inquietas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún debo alabarlo. ¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador! Salmos 43:1,5

¿Cuántas veces nos hemos despertado sintiéndonos débiles, agobiados, presionados por los problemas que se acumulan en el día a día? En esos momentos nos preguntamos: ¿Por qué estoy tan triste, tan afligido? La mayoría de las personas ya tuvo y aún tiene momentos así. ¿Qué podemos hacer? ¿Dónde podemos buscar ayuda?

Veamos la actitud del autor del Salmo 43 quien, encontrándose en la misma situación de tristeza y miedo, dijo: “Espera en Dios, porque aún debo alabarlo. ¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!” Eso es exactamente lo que debemos hacer: poner nuestra esperanza en Dios, pues solamente en él encontraremos fuerza, ánimo y coraje para enfrentar nuestros problemas. Dejemos que la Palabra de Dios nos convenza de que Jesucristo es nuestro Salvador y Dios.

ORACIÓN: Amado salvador Jesús, ayúdame a enfrentar la vida con la certeza de que siempre tendré tu compañía, tu amor y tu perdón. Fortalece mi confianza en ti, para que mi corazón se alegre y mis labios profesen que Jesús es mi Salvador y mi Dios. En el nombre de Jesús. Amén.

“Preparados para sufrir”


Puesto que Cristo sufrió por nosotros en su cuerpo, también ustedes deben adoptar esa misma actitud, porque quien sufre en su cuerpo pone fin al pecado. 1 Pedro 4:1

Son muchas las personas que, equivocadamente, desean encontrar en el matrimonio, en el trabajo, o en las distintas religiones, la felicidad completa, la realización personal, la liberación de los fracasos, o la cura para todas sus enfermedades y penas. Tal búsqueda es alimentada por la ansiedad que tienen de resolver todos los problemas de la vida lo más rápido posible.

Sin embargo, la Palabra de Dios nos afirma que, debido al pecado, dificultades y sufrimientos de toda clase siempre acompañarán a las personas del mundo entero, incluyendo a los cristianos. La Biblia nos llama a confiar en el perdón y en la salvación de Jesús, en el consuelo de sus promesas, y a orientarnos en su sabiduría para nuestro diario vivir. Por lo tanto, refréscate leyendo su Palabra, y confía en que Dios siempre está y estará contigo.

ORACIÓN: Querido Dios y Padre, ayúdame en los momentos de dolor y sufrimiento, y dame sabiduría para encontrar una salida y superar los problemas. En el nombre de Jesús. Amén.